En el tercer círculo del Calendario Azteca vemos como
los antiguos Mexicanos nos dicen que nuestra vida emerge del
agua. En Nahuatl, agua se dice “Atl”. Y región
se dice “Tlan.” Región del agua, entonces
se dice “Atlan.”
Todos, antes de nacer, vivimos en Atlan, en el agua, en el vientre
de nuestra madre.
Ahí, escuchamos el sonido de dos tambores. Uno suena
desde lejos. Sus vibraciones las sentimos en todo nuestro cuerpo.
Es un latido que ha estado ahí antes de nuestro tiempo.
Es el ritmo por el que medimos todas las cosas. Es el corazon
de nuestra madre.
Para cada uno de nosotros no hay un sonido
como el latido de este corazon. Es un sonido único. No
hay otro como el. Nuestro crecimiento ha sido acompañado
por el.
Y hay otro tambor. Este tiene un ritmo más
rápido que el primero: es nuestro propio corazon.
La vida empieza como el dialogo de dos tambores. El uno y el
otro, aun cuando llevan ritmos diferentes, hacen una buena armonía.
Cuando salimos de el mundo de el agua, a el
mundo de el aire, mantenemos la facultad de escuchar y reconocer
ya no solo el latido del corazon de nuestra madre, sino el de
todos nuestros seres queridos. Este fenómeno es conocido
entre nuestra gente como “Corazonada” que quiere
decir “mensaje de el corazon.”
Bien que me acuerdo como mi abuelita se solía
llevar la mano al corazon y decía “Una corazonada!”
Poco después, nos llegaba la noticia de que un familiar
había tenido un accidente y estaba en el hospital. En
ocasiones, mi abuelita hasta decía el nombre del familiar.
“Pedro!”
Y al ratito nos anunciaban que el Tío Pedro había
tenido un accidente.
Una y otra vez las corazonadas de mi abuelita resultaron ciertas.
Ya ni asombro me causaban. Llegue a confiar en sus corazonadas
por completo.
“Como es que usted siente esas cosas?”
Un dia le pregunte.
Se me quedo mirando por un momento y me dijo
“Como es que no las sientes tu?”
Le dije que obviamente mi corazon no tenía nada que decirme,
y que ella tenía algo especial.
Mi abuelita se rió y sacudió la cabeza.
“Tu corazon tambien te habla” me dijo “pero
su voz es mas quedita que la voz de tu cabeza. Tu corazon te
habla con sentimientos, con imágenes, como las que ves
en tus sueños.
Cuando quieres a alguien, el corazon de esta persona tambien
te habla. No importa que tan lejos estén.
Vas a tener mas chanza de tener una corazonada cuando estas
tranquilo, cuando no tienes muchas cosas en la cabeza. La gente
mayor es mas tranquila, ya no anda con tanta prisa. Por ello
tienen mas corazonadas, pero cualquiera no importa que tan joven
o viejo sea puede tener corazonadas.”
Mi abuelita luego me dijo que nuestro corazon
es lo que le da sabor al mundo de nuestro alrededor. Nuestro
corazon nos llevaba a ver a los demás con buenos o malos
ojos.
“La manera en que nos relacionamos con los demás
–me dijo- no esta en nuestra cabeza. Esta en nuestro corazon.”
Mi abuelita me dijo que el odio y la envidia
son los peores venenos del corazon, y que un corazon envenenado
es la fuente del mal. Que si alguna vez me viera afligido por
uno de estos venenos, que me hiciera una barrida, y que si la
barrida no funcionaba una limpia, y que si la limpia no funcionaba
... una purga!
Que les dijera a mis seres queridos “Estoy de mírame
y no me toques!” Que les advirtiera que estaba malo, no
con una enfermedad del cuerpo, sino con una peor. La enfermedad
del alma, el odio y la envidia, y que pidiera ayuda al cielo
para que estos males se me salieran del corazon.
Y es que uno solo puede dar lo que tiene en el corazon. Si tienes
bondad, paz, alegria, que bueno. Pero si no, entonces por lo
menos hay que buscar no herir a los que nos rodean.
Mi abuelita decía que aquellos que traen mal al mundo
lo hacen porque el mal ya antes les llego a su propio corazon.
Y que el mal no se vence con el mal.
Mi abuelita me dijo que no solo se reciben
corazonadas de peligros o sufrimiento de los seres queridos.
Tambien se reciben corazonadas de alegria. “Cuando por
la nada estas contento –me dijo- es que te esta llegando
la alegria desde lejos, de el corazon de alguien que te quiere
y se esta pensando mucho en ti.”
Muchos años después, y
a muchas millas de distancia de el pueblito de mi Abuelita,
cuando vivía entre los Indios Pit River en California,
al pie de el volcán Shasta me encontre echando de menos
a mis dos hijos mayores que estaban en Colorado. Un viejo curandero
de la tribu me miro y me pregunto que es lo que tenia en el
corazon.
Le dije. El asintió con la cabeza y me dijo en vez de
mandarles pena a mis hijos, les enviara mi cariño. Acto
seguido, saco de su bolsa incienso, lo prendió y me dijo
“Hay que cantar, y la canción les llevara tu corazon
a tus hijos.”
El anciano canto una canción de su tribu, pero yo no
me sabía la letra. Paro, y me dijo que les cantara una
canción a mis hijos que fuera especial. Me acorde de
una canción que les hice cuando estaban chiquitos, y
la cante, ahí, con aquel hombre, a un lado de el volcán.
Y le puse mi sentimiento, le puse mi corazon.
Me sentí mejor.
Entrando a mi casa sonó el teléfono.
Eran mis dos hijos, diciéndome que de un de repente les
había llegado el sentimiento de llamarme para decirme
que me querían.
La corazonada sigue...
